Nos gusta siempre, al referirnos a un juego, marcar en su recorrido histórico, que incluye un origen específico y una determinada evolución, la relación entre éste y las culturas dentro de las cuales se va expandiendo.
No en cualesquiera circunstancias un juego puede desarrollarse eficazmente.
Se necesitan marcos culturales específicos que se vayan acoplando de un modo solidario a él, es decir, que el juego sea coherente con las pautas y las normas sociales locales y que, a su vez, éste pueda ir generando sus propias influencias y produciendo efectos sobre otros aspectos de esa misma cultura.
Si esto no sucede, es decir, si el juego no ingresa en este mecanismo de solidaridad con la cultura, es harto probable o bien que desaparezca o, si no, que se mantenga en una posición marginal o reducido a círculos muy pequeños y con cualidad peculiares.
En la actualidad, es frecuente oír o leer que vivimos en un mundo global. Este proceso globalizador erosiona las fronteras que delimitaban hasta hace un tiempo entornos sociales y geográficos más definidos y aislados, al tiempo que vuelven a las culturas más permeables.
Así es que rasgos que presentan un origen en culturas ajenas y lejanas en el tiempo o el espacio, pueden viajar de un lado a otro con mayor rapidez, debido al avance de las comunicaciones, y también pueden hallar un recibimiento mucho más amable en sus nuevos destinos.
La actual popularidad en todo el mundo de los juegos online (de los cuales los casinos son solo un ejemplo) nos lo demuestran fehacientemente.
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