Siempre destacamos la relación que vincula a los juegos de azar con la cultura entendida en un sentido amplio. También es dable establecer la valoración que se hace de tal carácter del juego en el arte y en la literatura en particular.
Esta cualidad del juego que lo convierte en parte fundamental del aspecto lúdico de la cultura de un pueblo, ha sido evocada en diferentes piezas que conforman la narrativa clásica.
Molière, el prestigioso dramaturgo francés que diera vida a tantas obras en el transcurso del siglo XVII, tiñó a sus personajes con los caracteres más reconocibles de la cultura de su época.
El Avaro, quizás su más reconocida pieza teatral, cuyo acceso a la puesta escénica de la luminosa París ocurre en el año 1668, versa en tono de comedia sobre la avaricia, el egoísmo y la violencia de género. Esos temas debían ser algunos de los matices con los que se pintaban los colores de la época.
Las alusiones al tema del juego vienen por parte del autor al momento de referirse a la afición que por él se manifestaba en la conducta femenina. Allí hallaban un espacio de concreción para sus deseos y sus pasiones que en el ámbito del hogar les estaba denegado.
Entonces hará decir a uno de sus personajes: << Tiene una aversión terrible por el juego, lo que no es común en las mujeres de hoy día, y sé de una en nuestro barrio que ha perdido en e l treinta y cuarenta veinte mil francos este año.>>
A diferencia de lo que a veces se sospecha o, incluso, se sostiene, la presencia femenina en los juegos de azar no es patrimonio exclusivo de los tiempos que corren. La literatura ha llegado para echar luz sobre el asunto.
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[...] Se trata de la correcta interpretación del juego rival, la posibilidad de sistematizar los indicios que nos brinden con su cuerpo, con su mirada, con sus manos, con su voz, etc. Esos indicios deben ser asociados a un modo de jugar y debe quedar registrado en instancias específicas del juego. [...]