Si el azar, entendido como el campo de lo absolutamente indeterminado, lo carente de toda causa, no existe, esto quiere decir que, al menos en parte, a través de actos certeros y precisos podemos intervenir en aquellos sucesos cuyos factores determinantes desconocemos, pero sabemos que efectivamente existen. El casino, entonces, no será la excepción, y un jugador atento e inteligente que tome las decisiones correctas, puede influir de forma determinante en su propio resultado en el juego.
Si no es azar puro lo que acontece en un casino es, en parte, porque los fenómenos que allí acontecen y la frecuencia con que suceden son medibles. Y el modo en que nos acercamos a ellos y los tratamos para que se conviertan en manejables y en comprensibles es el que nos sugiere la teoría de las probabilidades.
La ley de la probabilidad, sin negar el carácter cíclico de acuerdo al cual los fenómenos que acontecen al interior de sistemas aleatorios rígidos, como son todos los juegos de casino, nos indica para cada caso cuáles son las chances de que cada uno de los fenómenos posibles, efectivamente acontezca, en detrimento de todas las demás posibilidades que, en cada circunstancia, quedarán postergada. Algunos fenómenos, entonces, sucederán y otros no, quedarán en suspenso, esperando a oportunidades subsiguientes para asomar a la luz.
Tarde o temprano todas las posibilidades que en un casino existen, se concretan. Hasta los millonarios jackpots progresivos con que algunas máquinas tragaperras cuentan. Todo lo que es posible, tarde o temprano, simplemente sucede.